En un relevamiento realizado para el diario La Nación, Gabriela Origila se refiere a la alta presión tributaria que enfrenta el sector privado en Argentina. En este sentido, señala que, según la OCDE, esta ronda el 28% del PIB; lo que se encuentra por debajo del promedio de los integrantes de la organización (33%), pero es relativamente alta comparada con los de Latinoamérica.
Si bien, hasta el momento, la gestión de Javier Milei bajó 24 tributos, “son varios los impuestos argentinos que no existen en otros países, como la carga sobre Débitos y Créditos Bancarios (hubo experiencias transitorias en Brasil, Colombia o Perú, pero no del mismo peso estructural); Ingresos Brutos (provincial, genera “efecto cascada” porque se aplica en cada etapa de la cadena productiva; en ningún otro lado existe uno de esas características); retenciones (algunos países aplican derechos de exportación en casos puntuales; Brasil, Uruguay y Paraguay no las aplican de manera generalizada) y Bienes Personales con alcance global (en América Latina, con una reforma reciente, lo tiene Colombia)”.
En este sentido, “los tributaristas, en general, remarcan que lo ‘distintivo’ no es solo la existencia de estos tributos, sino su superposición y peso acumulado, lo que genera una presión efectiva elevada sobre empresas y consumidores”.
Así, “la diferencia clave no está en la alícuota nominal del IVA —que, tomada sola, no es extraordinaria—, sino por la estructura que la rodea: en el precio que paga el consumidor argentino conviven impuestos nacionales, provinciales, financieros y municipales que se superponen y, en muchos casos, se acumulan en cascada. El resultado es una carga efectiva superior a la que exhibe la media del resto.
En lo que hace al IVA o impuestos equivalentes, en la Argentina para alimentos es del 10,5% para los básicos (como carne, frutas, verduras, pan, leche, etc.) y de 21% para la mayoría de los industrializados y no esenciales. En España es del 4% para los de primera necesidad y 10% para el resto (la alícuota general es del 21%); en Francia, 5,5% para alimentos y 20% la general; en Alemania, 7%y 19%, respectivamente; en Italia, 4% y 10% según el producto y 22% la general.
En el Reino Unido, la mayoría de los alimentos básicos paga 0%, mientras que la alícuota general es del 20%. En Japón, los alimentos y bebidas no alcohólicas compradas en comercios pagan una tasa de 8%, mientras que las bebidas alcohólicas están gravadas con la tasa general del 10%.
Estados Unidos no tiene IVA nacional, sino que aplica sales tax estatal. En el caso de los alimentos básicos, están eximidos o llegan al 4%. En Latinoamérica, Chile cobra 19% la alícuota general (sin tasa reducida amplia para alimentos); Uruguay, entre 10% y 22% según el producto; Brasil combina tributos que terminan funcionando como el IVA y ronda 20%; en México es 0% para productos básicos y 16% la tasa general.
En la Argentina, en mayo del 2024 el Congreso sancionó, impulsado por la ONG Lógica, el Régimen de Transparencia Fiscal al Consumidor, que establece que las facturas y tickets deben discriminar el IVA y otros impuestos nacionales indirectos e invita a las provincias y municipios a adherir, aunque hasta ahora solo lo hicieron Mendoza, Entre Ríos, CABA y Chubut.
En esa línea, no se muestra la incidencia acumulada de Ingresos Brutos en cada etapa productiva, el costo financiero del Impuesto al Cheque, el de Sellos en operaciones formales y diversas tasas municipales que forman parte de la estructura de costos empresaria”.
Tickets por el mundo
Continuando con el análisis, Origila detalla que, “en términos nominales, el IVA en Finlandia tiene la tasa general más elevada del mundo, 25,5%, es del 14% o 13,5% para alimentos, restaurantes y hoteles y del 10% para libros, medicamentos y transporte. Islandia, otro país nórdico de altos ingresos, cobra 11% de VSK sobre alimentos y, por ejemplo, para packaging o papelería salta al 24%.
En Europa el IVA es, en esencia, el único impuesto general al consumo. Está diseñado bajo el principio de no acumulación: cada empresa descuenta el IVA pagado en etapas previas y lo traslada hasta el consumidor final sin efecto cascada. No existen tributos autonómicos que graven la facturación total en cada eslabón productivo. Tampoco hay impuestos financieros permanentes que encarezcan cada movimiento bancario vinculado a una operación comercial.
La Argentina, en cambio, sí tiene ese esquema acumulativo. Ingresos Brutos grava la facturación, no la ganancia. Eso implica que cada proveedor, mayorista, distribuidor y minorista tributa sobre su venta total, trasladando el costo hacia adelante. La cadena se va “cargando” en cada etapa. A diferencia del IVA, no existe un mecanismo pleno de crédito fiscal que neutralice el efecto. El Impuesto al Cheque, por su parte, grava cada débito y crédito bancario, introduciendo un costo financiero adicional que termina incorporándose al precio final.
Si el producto que se ofrece en góndola tuviera un valor neto de 100, el consumidor no pagaría simplemente 121 por efecto del IVA, estaría abonando también el impacto acumulado de Ingresos Brutos aplicados sucesivamente en la cadena y el costo financiero asociado a la operatoria formal. Según estimaciones sectoriales, esa carga efectiva puede llevar el precio final por encima de 130 o 135, dependiendo de la actividad y la provincia.
En Chile el IVA es del 19% y constituye el principal tributo indirecto. No existe un impuesto provincial sobre facturación equivalente a Ingresos Brutos. Tampoco un impuesto generalizado sobre movimientos bancarios. El ticket refleja, en esencia, el valor del producto más el 19%.
En Brasil el sistema es complejo, aunque inició una reforma estructural para converger hacia un IVA dual que elimine distorsiones y reduzca la acumulación. Apunta a simplificar. El modelo canadiense marca otro contraste: existe un GST federal del 5% al que se suma, según la provincia, un impuesto provincial (PST) o armonizado (HST). En Ontario, por ejemplo, la tasa total ronda el 13%; en Alberta es 5%. Ambos tributos aparecen discriminados en la factura y no se aplican en cascada sobre facturación bruta. Tampoco hay una carga financiera.
En Nueva Zelanda el GST del 15% es considerado uno de los más eficientes por su amplitud de base y escasas exenciones. Es un sistema simple: un impuesto, una tasa general, mínima superposición. El diseño busca neutralidad económica.
En Estados Unidos, como se indicó, no existe IVA federal. En ciudades como Miami el consumidor paga un sales tax estatal y local cercano al 7%; no se aplica sucesivamente en cada eslabón productivo bajo la lógica acumulativa de un tributo sobre facturación.
En el estado de Nueva York frutas y verduras, carne, huevos, leche y productos lácteos, pan o alimentos envasados e ingredientes alimentarios básicos no pagan impuestos al consumo. El impuesto estatal base sobre ventas en Nueva York es 4 %; la tasa combinada puede llegar a alrededor de 8.875%.
La singularidad argentina, obviamente, no está en el IVA ya que todos los países analizados gravan el consumo. La diferencia es estructural. En la Unión Europea, Oceanía, Estados Unidos o Latinoamérica el esquema se organiza en torno a un impuesto central no acumulativo, en la Argentina el consumidor paga un IVA nacional más un impuesto provincial en cascada, más la carga al cheque, más sellos y tasas locales trasladadas.
En los últimos años, varios países ensayaron reformas para aliviar o simplificar la carga indirecta. Durante crisis inflacionarias o desaceleraciones económicas, hubo países europeos que redujeron temporalmente el IVA en alimentos e incluso sobre la energía, lo mismo se registró en algunos asiáticos para estimular el consumo”.
Fuente: La Nación.